sábado, abril 18, 2026

El peligro de convertir la comunicación en una herramienta de chantaje

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Por Wilson Rodríguez

wisada@gmail.com

 

La comunicación vive hoy una era de expansión sin precedentes. La tecnología ha derribado las barreras de entrada, otorgando un alcance global a cualquier mensaje. Sin embargo, este crecimiento exponencial en las formas no ha venido acompañado de una mejora en el fondo.

Por el contrario, asistimos a un fenómeno preocupante: mientras la tecnología suma fortaleza, la ética periodística parece estar en cuidados intensivos.

En los últimos años, hemos visto cómo el periodismo objetivo se asfixia bajo el peso de intereses económicos y políticos. Lo que antes era una labor de contrapoder y búsqueda de la verdad, se ha transformado, en manos de muchos, en una transacción comercial al mejor postor.

Resulta alarmante la proliferación de paneles y programas donde «profesionales» de otras áreas, tras fracasar en sus respectivos oficios, han encontrado un refugio dorado.

Bajo la etiqueta de analistas o líderes de opinión —y sumándose a la ola de los «influencers»—, su única línea editorial es el ataque sistemático o la defensa a toda costa, dependiendo de quién firme el cheque.

Este ejercicio de la comunicación ha dejado de lado la objetividad para convertirse en una herramienta de oposición pagada o en un escudo de impunidad. Es un periodismo que podríamos calificar, sin rodeos, como pordiosero. Ya no se busca informar; se busca presionar. Se critica ferozmente a quien no se «manifiesta económicamente» y se guarda un silencio cómplice ante las «vacas sagradas» que mantienen vigentes jugosos contratos de publicidad.

Gritar no es tener la razón

Existe la falsa percepción de que hablar duro o vocear ante un micrófono otorga validez a lo que se dice. Nada más lejos de la realidad. El ruido no sustituye al argumento, y la estridencia no disfraza la ignorancia. Sin embargo, estos personajes apuestan a un público que creen manipulable, olvidando que la audiencia inteligente es capaz de detectar el «lambonismo» y el «tumba-polvismo» que destilan sus intervenciones.

Es vergonzoso leer y escuchar a ciertos «profesionales» cuya ética anda de vacaciones. Su desconexión con la realidad es tal que han convertido los medios en tribunales de inquisición, donde se ataca no solo al funcionario, sino a familiares que nada tienen que ver con la gestión pública, solo por el placer de destruir o por encargo de un rival político.

¿Y la credibilidad?

Otro síntoma de esta degradación es la desaparición de la investigación equilibrada. Parece que en nuestro país no ocurriera nada bueno. Los programas de investigación han sesgado su mirada para resaltar únicamente lo negativo, ignorando los avances o proyectos positivos que merecen ser destacados. Se utiliza la denuncia como técnica de extorsión: se presiona hasta que llega el contrato millonario, y en ese instante, el funcionario cuestionado se convierte mágicamente en un santo.

Esta dualidad es perversa: algunos rechazan la publicidad estatal para posar de independientes, mientras aceptan prebendas y financiamiento por debajo de la mesa de sectores políticos contrarios.

Aunque esta práctica no es nueva y otros en el pasado recorrieron caminos igual de oscuros, la magnitud actual es alarmante. La comunicación no puede ser una mercancía que se vende en subasta. Es hora de reivindicar el ejercicio digno de la profesión, alejándonos de quienes han hecho del micrófono una herramienta de chantaje y del periodismo una forma de prostitución profesional.

El país necesita luz, no solo ruido; necesita verdad, no solo conveniencia.

 

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El autor es periodista, analista y cronista deportivo

 

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