lunes, febrero 16, 2026

El reciclaje de las culpas: una oposición sin méritos y un gobierno en deuda

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Por Wilson Rodríguez

wisada@gmail.com

 

El escenario político dominicano actual se asemeja a un campo de batalla donde el sonido de los cañones tapa la ausencia de ideas.

Las organizaciones de oposición han concentrado toda su artillería en atacar la gestión del Partido Revolucionario Moderno (PRM), pero en esa urgencia por desgastar al rival, han olvidado lo más elemental: convencer al electorado de que ellos son una alternativa mejor.

No basta con señalar los errores ajenos si no se cultiva un mérito propio que logre movilizar a los nuevos votantes y a ese progresivo grupo de indecisos que observa el espectáculo con una desconfianza justificada.

Resulta contradictorio que las críticas más feroces provengan de figuras que ya tuvieron las riendas del país y son, en gran medida, responsables de las carencias estructurales que hoy padecemos.

Por un lado, tenemos a un líder que ocupó la presidencia en tres ocasiones y que hoy pretende presentarse como el juez de una vacilación que él mismo no supo o no quiso resolver en su momento.

Por otro, surge la voz de quien llevó a su propia organización al colapso por su ego y que, además, se encuentra legalmente inhabilitado por la Constitución para volver a aspirar.

Esta falta de transformación en los liderazgos genera un vacío de esperanza en las nuevas generaciones, que ven en la política un reciclaje constante de los mismos rostros y vicios.

Mientras los partidos tradicionales se enredan en sus propias sombras, los denominados partidos «emergentes» tampoco logran marcar una diferencia sustancial. Aunque son los más vocales a la hora de cuestionar al gobierno, su oferta programática es pobre.

Parecen más interesados en capitalizar el descontento que en construir una base militante sólida basada en propuestas.

En lugar de ser luces de innovación política, terminan convirtiéndose en ecos de la misma retórica de confrontación que ha dominado el país por décadas, dejando huérfanos de representación a quienes buscan algo más que simples ataques mediáticos.

Sin embargo, el hecho de que la oposición carezca de una propuesta seductora no exime al oficialismo de sus deudas con la sociedad.

El país sigue atrapado en una espera interminable por mejoras tangibles en áreas críticas como la educación, la salud, la economía y la seguridad ciudadana.

Para el ciudadano común, parece que los gobernantes, sin importar el color, consideran que solucionar estos problemas fundamentales es una misión imposible.

El discurso del «cambio» se enfrenta hoy a la cruda realidad de una gestión que no termina de aterrizar sus promesas en el bienestar cotidiano de la gente.

A este panorama sombrío se suma el goteo constante de escándalos de corrupción que involucran a funcionarios actuales.

La percepción de que la administración pública es un botín personal parece no tener fin, erosionando la confianza institucional sin importar quién esté en el Palacio Nacional.

El votante dominicano se encuentra en una encrucijada peligrosa: entre un gobierno que no termina de llenar las expectativas y una oposición que, cargando con sus propios pecados del pasado, no ofrece un camino claro hacia el futuro.

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Sin propuestas concretas para los jóvenes, el futuro de la democracia dominicana corre el riesgo de caer en la dejadez total.

 

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El autor es periodista, analista y comentarista.

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