lunes, febrero 9, 2026
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La toma de poder de Bad Bunny: El arte como arma social

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Por Wilson Rodríguez

wisada@gmail.com

 

Tradicionalmente, el espectáculo del Super Bowl ha sido un laboratorio de lo políticamente correcto. Es el altar del pop sintético, donde cada salto y cada explosión están calculados para generar asombro masivo, evitando cualquier arista que pueda romper la burbuja de confort de una audiencia global.

Sin embargo, lo que presenciamos con Bad Bunny no fue un simple concierto de grandes éxitos, sino un manifiesto. Para quienes esperaban únicamente el ritmo de «Yo Perreo Sola» y una lluvia de confeti, la decepción es comprensible; pero para quienes entienden el peso de la representación en 2026, lo que vimos fue una toma de poder cultural donde la exigencia política pesó más que la exhibición artística.

En lugar de intentar encajar en los estándares coreográficos de los artistas estadounidenses, Bad Bunny priorizó una estética de respeto sobre la pirotecnia tradicional. Al utilizar visuales que honraban la historia del Caribe y la resistencia social, transformó el escenario más comercial del mundo en una plaza pública.

No fue un show diseñado para entretener al espectador de forma pasiva, sino una declaración de principios para hacerse respetar ante el mundo, demostrando que no necesita hablar otro idioma para reclamar el espacio que le pertenece por derecho de audiencia.

El contenido del espectáculo funcionó como un arma social y un editorial de opinión en tiempo real.

Desde las referencias directas a la situación energética en Puerto Rico hasta el homenaje a figuras invisibilizadas de la cultura latina, la puesta en escena decidió ensuciarse las manos con la realidad de la isla y de la comunidad migrante.

El artista no pidió permiso para estar allí, sino que actuó con la firmeza de quien utiliza el arte para algo más trascendente que el simple espectáculo.

Es posible debatir si fue el mejor show musicalmente hablando, hubo momentos donde el mensaje venció a la melodía.

Sin embargo, ahí radica su verdadero valor: Bad Bunny entendió que el arte, en un escenario de máxima exposición, se desperdicia si solo sirve para mover las caderas.

No fue una actuación para ganar fanáticos, sino para marcar una postura incómoda y necesaria.

Es innegable: la vara de medir cambió. El Super Bowl ya no se trata de vender discos, sino de líderes culturales con algo que decir.

El artista puertorriqueño se coronó en el escenario con la misma contundencia con la que los Seattle Seahawks levantaron su trofeo de campeones.

 

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El autor es periodista, analista y comentarista.

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